cáncer, yo no lo habría soportado, pero él siempre ha sido mucho más fuerte que yo… En realidad hubo un tiempo en el que temí que esto ocurriera. Fue otra de mis pesadillas. Poco después de la muerte de la abuela, Evan había hecho un trabajo de clase o algo así sobre el cáncer. Nuestra madre le dijo que ni me mencionara la palabra cáncer, pero Evan supo que me interesaría, así que, arriesgándose a un castigo, me lo leyó porque pensó que me interesaría. Una de las cosas que más me marcó fue el hecho de que algunos pensaran que era hereditario ¿Y si nos tocaba a alguno de nosotros? ¿O a nuestra madre? Cuando pensé en quién se parecía más a ella, sin duda, llegué a la conclusión de que era Evan. Tanto en nuestra familia paterna como materna solo habían dos personas con el pelo castaño claro. La abuela y Evan (Aunque Evan ahora estaba teñido de rubio). Se parecían muchísimo. Hasta habían nacido el mismo día (aunque no creo que eso tuviera que ver). Él había heredado sus preciosos ojos verdes (aunque miopes, por desgracia) e incluso su encantadora personalidad. Por aquel entonces llegué a preocuparme muchísimo por él. Hablé con nuestra madre, sin delatar a Evan, y le conté mi preocupación. Ella consiguió tranquilizarme y hacerme creer que solo eran paranoias mías. Ojalá fuera capaz de creerlo ahora. No quiero que mi hermano se vaya. ¡Solo tiene diecisiete años! ¡Es imposible que esté tan cerca de la muerte! ¡Es injusto! Ahora entiendo por qué actuaba como un idiota conmigo, y no le culpo, porque me lo merezco, es más esa paliza fue demasiado amable. Por lo que he hecho merezco la muerte. Dejé solo a mi hermano sin ni tan siquiera despedirme. Lo he dejado solo en los peores momentos de su vida. No merezco ser llamado hermano suyo. Hice algo horrible, seguramente le dolió incluso aún más que el tratamiento para el cáncer, que no parece estar tomando demasiado, ya que no se le ha caído el pelo y mi dolor en el estómago y en la barriga te pueden jurar que no está tan débil como los enfermos de cáncer normales. Es increíble cuanto puede aguantar mi hermanito pequeño.
Estoy paralizado. Quisiera preguntarle algo a mi madre pero… No puedo. Aún no me lo creo. Mi propio hermano… que palo. Un portazo se oye desde la entrada. Yo ya sé quién entrará por esa puerta y no es que me alegre tener que volver a verle. Él es la razón principal por la que me fui de casa. Uno de los hombres a los que he llegado a odiar. Quentin Molinari. El que una vez fue mi padre.
Esta bastante más viejo y parece haberse de ese “principio de barriga cervecera” que siempre había tenido, pero sus andares de pingüino seguían acompañándole a cada paso que daba. Vuelve del trabajo elegantemente enchaquetado y con el pelo engominado. El traje de chaqueta le va algo grande por haber adelgazado mucho en muy poco tiempo, seguramente.
-Hola, cariño, ya he vuelto a casa… ¿Eh? ... ¿Qué demonios estás haciendo tú aquí? – me ha mirado de arriba abajo con asco, pero era una mueca como la de Evan en el cementerio, cargada de indiferencia, lo que la hacía aún más cortante y dolorosa.
-¡Lo que tú no haces, idiota! – respondo sin pensarlo. Por fin podré aclarar mis asuntos con él como iguales. Ahora ya no soy su hijo. Solo soy un adulto dispuesto a cruzar unas cuantas “pacíficas” palabritas con otro adulto.
-Sabía que volverías. Tarde o temprano. Aunque te has retrasado más de lo que esperaba. Hace tiempo que dejamos de esperarte ¿Sabes no puedes irte así y esperar que te recibamos con los brazos abiertos?
-Yo nunca dije que esperara eso.
-Pero en el fondo creías que pasaría. Tu mente es demasiado simple.
-Mira, no importa por qué vine, pero fue una cuestión de negocios, si te interesa saberlo… - rompe a reír antes de que pueda acabar mi frase. Me está cabreando bastante.
-¿Negocios? ¿De veras quieras hacerme creer que has hecho algo de provecho con tu vida? – Es tan repelente. Actúa como si lo supiera todo y lo que más me fastidia es que la mayoría de veces tiene razón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario