-¿Evan tiene un hermano? Es un poco rarito ¿no? ¿Qué hace aquí?
-Tiene que hablar con Evan. – me inclino y sin que se den cuenta me acerco a su corro de cotilleos.
-Señoritas, si tienen algún problema conmigo, me lo dicen a la cara. – creo que he asustado a la mayoría.
-Pues yo sí que tengo un par de cositas que decirte. Eres un idiota y un insensible. Antes me parecía encantador que fueras tan rarito, pero ahora sé que estás completamente loco. Y me da igual que seas mono, ya no me interesas para nada. ¿Te enteras?
-Sinceramente, no me importa lo más mínimo – he soltado sonriente. Le revuelvo el pelo. Ella me fusila con la mirada, pero es mejor que me odie. No quiero cerca a esa clase de gentuza. – Bueno, parece que mi hermano no va a venir, os dejo. – Me está siendo casi imposible seguir sonriendo, porque creo que mi mal presentimiento es cierto. ¡Qué creo ni creo, es seguro! Me giro y me dirijo a mi moto. Conteniendo las lágrimas como puedo y peleando contra el nudo que trata de tragarse mi estómago desde dentro. Me he puesto y el casco intentando huir de todos los fantasmas que tratan de atraparme, de todas las heridas que tratan de asustarme y de toda la oscuridad que trata de engullirme. Jamás dejaré que se me lleven. Jamás les dejaré acallar mi voz. Ahora galopo hasta mi destino final. Los dados ya están echados, solo espero no llegar tarde.
He pasado por casa y nada, vacía… Sabía que Evan no estaba allí, pero bueno… Acabo de llegar a la puerta del hospital. No creo que me dejen entrar. Todos me ven como un pirado disfrazado que lleva una ametralladora de colorines a la espalda. Definitivamente no parezco de fiar. Oigo su llanto. Un chillido espantoso, un llanto. Tal vez me lo esté imaginando, pero es el sollozo de una Banshee, eso lo puedo asegurar. Dicen que las Banshees lloran bajo las ventanas de los futuros difuntos. Suena desde uno de los laterales del hospital. Yo sé desde dónde. No he olvidado dónde ingresaron a mi abuela. Tercer piso, al fondo a la derecha. Subo a un árbol cercano a una de las ventanas laterales. Si no me equivoco ahí es justo dónde se quedó la abuela. Sería demasiado casual que Evan estuviera allí, pero disfrutaré dándole un susto al enfermo que se quede allí. He entrado de un salto por la ventana y, para mi sorpresa, el que está en la cama ríe. Está riendo. Conozco esa risa. La de mi hermano pequeño.
-Si alguna vez te has sentido enfadado… me recordaste a Frank… bueno, da igual, no creo que recuerdes el vídeo… - ha murmurado entre carcajadas. Ahí está mi hermano, más pálido que las sábanas que lo envuelven y con esas horribles ojeras rondándole alrededor de los ojos. Parece que la brecha de la cabeza le va mejor. Me he puesto de cuclillas a un lado de la cama. Le tomó la mano y le miro a los ojos. A sus preciosos ojos verdes. Lo sabe. Sabe que vengo a arreglar las cosas. Está helado y tiembla, pero débilmente, intenta sonreír. Sin pensarlo me he aferrado con más fuerza aún a su mano y murmuro rompiendo a llorar:
-No te mueras, hermanito.
Ríe un poco con los ojos en blanco.
-¡Maldita sea! No puedes pedirme algo más fácil, como que piratee el ordenador central de la CIA. No, me pides que burle al colega de la guadaña… ¡Tío!
-Pero, no puedes acabar así, Evan.
-Si lo piensas así, de pasada tal vez sí que creas eso, pero yo llevo tanto tiempo reflexionando sobre ello y ya no se me antoja tan descabellado… Yo no lo habría escogido, pero, quiero decir, tampoco es que se me haya quedado nada pendiente… Je je, excepto tú, pero tengo la intención de solucionar esto cuanto antes.
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